POR: Arturo Ramos Medellín Arlequin2020@hotmail.com
En 1928 se llevaba a cabo en París la primera exposición de arte naif en la historia. Eran una serie de artistas sin instrucción formal, estrictamente autodidactas, que se caracterizaban por un estilo directo, por cierta pureza en sus narrativas, y por reflejar fielmente, cosa que estimo era lo más importante, el espíritu de cambio de la época y de crítica al Antiguo Régimen, en ruta directa hacia la modernidad.
En su época generó intensos debates, provocó una verdadera lucha argumentativa entre los escritores parisinos de la época a través de artículos y ensayos, y causó interés en Renoir e influenció a movimientos posteriores y a pintones como René Magritte o Joan Miró. Henri Rousseau, André Bauchant, Camile Bombois, Séraphine Louis, Louis Vivin, conocidos como los pintores del Sagrado Corazón de Jesús, lideraron esta corriente en París, que rápidamente se extendió por el mundo, San Luis tuvo una fiel representante de la corriente naif en la pintora Carmen Esquivel.
Queda tan interesante su producción que llamó la atención, que se convirtió en amistad, de José Luis Cuevas.
Por otro lado, el arte urbano tiene en el rótulo comercial popular una expresión igualmente fresca y espontánea que ha merecido la atención de antropólogos, intelectuales y artistas visuales. El rotulista no es precisamente autodidacta.
Aprende, en un texto preponderantemente oral, la tradición y experiencia que recibe de sus maestros más experimentados, cuya técnica y composición se aproxima a los postulados académicos propios de disciplinas como el diseño gráfico, configurándose en una forma de comunicación visual que domina el paisaje urbano de nuestro país. Son decididamente tradición e identidad en México, que ha influenciado muchos artistas y que ha sido objeto de análisis, crítica y catalogación por parte de estudiosos. Pero lo que emergió de entre los andamios y las lonas cierta ocasión, muy al inicio de la actual administración, dominando visualmente los muros internos de la unidad administrativa municipal capitalina fue una broma de mal gusto, un embuste si tomamos en cuenta que se erogaron recursos de las arcas municipales, que no responde a los cánones ni de una ni de otra corriente estilística.
El mural, que ahí se develó con pompa y circunstancia propias de un gran acontecimiento, es apenas un
balbuceo de ambas corrientes que no alcanza a cuajar como una pieza relevante para la plástica potosina. Alguien les vendió pirita por pepitas a los buenos muchachos del H. Ayuntamiento capitalino, por dejar que pintaran en sus muros tan irrelevante pieza.
Aunque el pintor tiene cierto oficio (como puede anotarse en el también poco logrado mural que hizo en la escalinata del Palacio de Gobierno, en épocas del gobernador Toranzo, el que por cierto se rumora le fue otorgado por el único
mérito de ser un amigo muy cercano del político César Camacho Quiróz, entonces dirigente del PRI nacional), no logra emular la naturalidad y hasta ingenuidad de un pintor naif, ni mucho menos logra un discurso popular en su estética que lo aproxime a un genuino rótulo. Esto sucede porque si bien el trazo es cuasi naif por una tremenda falta de proporciones y perspectiva en todos los elementos del mural, no sabemos si deliberadamente o por una falta de oficio de quienes lo ayudaron a realizar la obra (según pudimos constatar varios, todo el trabajo lo realizaban dos jóvenes que estaban siempre montados en los andamios, quiénes al parecer no tiene información académica en artes visuales gráficas y conceptuales. El “autor” escasamente cogió el pincel para dar algunas indicaciones), no tiene una típica temática naif, sino que persigue la grandilocuencia retórica del muralismo mexicano, lo que invalida la hipótesis de que haya pretendido hacer el arte ingenuo que podría parecer.
Para colmo, además de exaltar los temas más curiosos, por ahí repite el yerro histórico del San Luis Rey de Francia que aún se encuentra en la plaza de los fundadores, con el orbe en su mano izquierda, y que cómo remate, lo pinta aún más desproporcionado de lo que está la pieza original. El mural parece más bien la obra de un atrevido dueño de marisquería que, ante la falta de recursos, inicia su emprendimiento haciendo él mismo su rótulo. Eso sí, la paleta de colores que escoge el pintor para este mural se aproxima mucho a lo que cualquier localito de mariscos en alguna Colonia periférica potosina suele utilizar. Yo no sé si ya le haya llegado el rumor al presidente municipal, pero es ludibrio y carrilla recurrente entre los empleados de la unidad administrativa municipal denominar al recinto jocosamente como “Mariscos UAM”.
Esta sería la primera vez en la que yo estaría de acuerdo en que una nueva administración borre todo vestigio de la anterior, puesto que así nos harían un gran favor a quienes tenemos cierta idea de lo que son las artes visuales.
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