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Ideales olvidados, cargos disputados

Por: Benjamín Ustoa (Columna)

Se lucha por ideales, no por cargos”. Esa fue una de las frases que Andrés Manuel López Obrador repitió durante años para definir la esencia de Morena. Era el argumento con el que buscó diferenciar a su movimiento de los partidos tradicionales, aquellos donde las posiciones políticas parecían convertirse en un fin y no en un medio para transformar la vida pública.

Ese discurso fue el cimiento sobre el que se construyó Morena y el que convenció a millones de mexicanos de respaldar un proyecto político distinto. Sin embargo, a casi una década de haber llegado al poder, esa premisa parece cada vez más lejana.

A nivel nacional, Morena enfrenta una crisis de credibilidad. Diversos funcionarios y figuras del movimiento han sido señalados por presuntos vínculos con grupos criminales o por conductas que contradicen el discurso de honestidad y transformación que durante años promovieron. El desgaste es evidente.

En San Luis Potosí el panorama tampoco es alentador. Lejos de consolidar una estructura política ordenada, el partido parece enfrascado en una disputa permanente por el control interno. Las diferencias ya no se limitan al debate de ideas; hoy predominan las descalificaciones, los grupos y las luchas por el poder.

El caso de Gabino Morales es ilustrativo. El diputado federal, exdelegado del Bienestar y exdirigente estatal, ha optado por confrontar públicamente a la dirigencia y cuestionar a legisladores de su propio partido. Está en su derecho de expresar desacuerdos, pero resulta inevitable preguntarse si esa crítica está respaldada por una trayectoria de resultados que le otorgue la autoridad política y moral que pretende ejercer.

Como si el escenario no fuera suficiente, un grupo de morenistas decidió organizar una conferencia de prensa para expresar su respaldo a Gerardo Zumaya, asegurando que representa “lo que quiere el pueblo”.

El problema es que la realidad parece contradecirlos. Zumaya no es aspirante de Morena, sino del Partido del Trabajo. Además, el Consejo Nacional de Morena ya definió un método interno de selección de candidaturas que, al menos en el discurso, busca dejar atrás el dedazo y privilegiar procedimientos institucionales.

Paradójicamente, esta demostración de apoyo podría terminar perjudicando más que beneficiando al aspirante. En política pocas cosas generan más sospechas que los respaldos impulsados desde grupos que ya ocuparon cargos públicos y hoy buscan mantenerse vigentes. Más que un movimiento espontáneo de la militancia, la imagen proyecta la de un grupo intentando recuperar espacios de poder.

No sería extraño que estos actos también abran la puerta a procedimientos internos, pues desafían los acuerdos y las reglas establecidas por los órganos nacionales del propio partido. Difícilmente puede hablarse de disciplina cuando algunos militantes actúan como si estuvieran por encima de la dirigencia estatal, del Consejo Político Nacional o de la Comisión Nacional de Elecciones.

Al final, la pregunta es inevitable: ¿qué quedó de aquella frase que dio identidad a Morena?

Porque cuando la principal discusión deja de ser el proyecto y se convierte en la candidatura; cuando los grupos pesan más que las instituciones internas; y cuando las ruedas de prensa sustituyen al trabajo político de base, los ideales dejan de ocupar el centro de la conversación.

Quizá el mayor desafío para la dirigencia estatal ya no sea elegir candidatos, sino recuperar la disciplina y el sentido de partido. De lo contrario, las tribus internas, la confrontación permanente y la política de intereses terminarán haciendo más daño que cualquier adversario.

Porque Morena nació prometiendo que se luchaba por ideales, no por cargos. Y hoy, al menos en San Luis Potosí, pareciera que muchos de los suyos ya olvidaron cuál era la diferencia.

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