Artículo de Opinión Por: Arturo Ramos Medellín Arlequin2020@hotmail.com
Cualquier tarde, de cualquier día, de esos en los que estacionando mi auto en las inmediaciones del centro y camino para atender las diversas obligaciones derivadas de mi encomienda como tercer regidor de la capital potosina, suelo cruzar un espacio de cierta continuidad urbana que provoca en mí una serie de sentimientos encontrados.
En un extremo tiene como remate visual un edificio público cuya arquitectura es aceptable pero un poco discordante con el entorno, considerando que se encuentra en la frontera del perímetro A de la zona patrimonial de la ciudad. Enseguida una explanada con diversos elementos también no muy afortunados que buscan ser ornamentos de escultura urbana. Enseguida hay un remate visual que Corona el centro de esta continuidad urbana, que representa para mí la ignorancia y el mal gusto de alguna de las autoridades de la época de la herencia maldita. No es que esté mal resuelto técnicamente el ejercicio escultórico. Es más bien la forma en que se conceptualiza el discurso estético, que no se justifica de ninguna manera en el entorno en el que está ubicado. Y es que poner a las Tres Gracias sobre un mundo, así como haciendo equilibrios de artes circense sobre una pelota gigante, al centro de una fuentecita, se vería padre en el inmenso jardín de un nuevo rico cuya fortuna
sea amasada de dudosa y rápida manera, pero en la intersección de la calle Reforma, antigua corriente que fue el límite de la ciudad hasta allende el 1700, en la avenida Venustiano Carranza, una de las principales avenidas que conectan al corazón de la ciudad, es una tragedia. El concepto estético de las tres gracias ha sido superado ya desde finales del siglo XIX y tal vez todavía al principio del siglo, pero de frente al fin de la modernidad que fue cuando se hizo esta pieza, resulta de un aspiracionismo de muy mal gusto. A estas alturas, ilustrado lector, estará sospechando a qué espacio de la ciudad me estoy refiriendo. La plaza del milenio.
Siguiendo mi andar, encuentro otro desastre de arquitectura urbana. Una bien resuelta escultura civil, en honor al prócer cívico Salvador Nava Martínez, que una vez más el problema no es de técnica escultórica sino de discurso estético urbanístico. No tiene mucho que hacer ahí. Pero está más complicado lo que tiene enfrente. Te encuentras con un ejercicio básico de diseño, y es literal, pues lo realizó un estudiante becario en la facultad de ciencias de la universidad, para albergar un reloj atómico que le fue regalado a la institución educativa, y que se había instalado en algún lugar de la zona universitaria. Pero como una ocurrencia del exgobernador Fernando Silva Nieto, propuso ponerlo en la mencionada plaza, pues para rellenar los grandes huecos que aún tenía en ese momento. Por lo tanto, hubo que ampliar la escala original para que no se perdiera en la amplitud de la plancha de concreto. El resultado, el reloj (que por cierto nunca logró funcionar), se perdía un poco en la estructura, y la estructura era absolutamente discordante con el entorno.
Hasta ahí mis sorpresas cotidianas en mis andanzas por esta plaza, hasta qué, por increíble que esto parezca, emergió de la nada un nuevo bodrio que la afea aún más, en su otro extremo.
Como pensando cómo afectar más el área inscrita en la lista de Patrimonio Mundial de la UNESCO, alguien tuvo la peregrina idea de honrar a un ilustre desconocido nacido en San Luis Potosí, recreando una de las biografías resumidas impresas a cuatro tintas en papel cuché, también conocidas como monografías, que todos fuimos a comprar de niños a la papelería de la esquina. Editadas por empresas como Sun Rise o Ediciones Bob, en sus orígenes eran hechas por artistas populares, con acuarelas. Estos ilustradores usaban un lenguaje visual similar al de los ilustradores de la Revista Semanal, o el Libro Vaquero, y que resultaban adecuados para la función que cumplían. Pero pretender llevar esas técnicas con mosaico, de manera voluntaria o involuntaria, tal cual quedó en esa especie de estela que más parece una obra realizada por el artista que habita la web llamado Raúl Moyado, es terrible. Moyado tiene la espléndida y divertida página denominada Memegrafías. Si no las ha visto, amigo lector, corra a googlearlo y se divertirá de lo lindo.
Esa pobre Plaza ha quedado como una muestra de arquitectura ecléctica pero como si fuera una broma de humor negro. El arte ecléctico surge como una evolución del historicismo arquitectónico que se opuso al neoclasicismo y que cobra fuerza durante la primera mitad del siglo XIX y termina allende la segunda mitad del siglo XX con algunos últimos ejemplos en el mundo, incluso en nuestro país. Con el fin de la modernidad el mundo entero explotó otras rutas estilísticas y estéticas en materia de arquitectura urbana, pública y privada. Pero en San Luis seguimos pensando tal cual fuéramos habitantes
decimonónicos de la Belle Époque. Bueno, nuestras autoridades, no todos los potosinos.
En verdad se superan unos a otros. Pensar que poner ese mosaico en la Plaza del Milenio sería una buena idea solo dibuja a nuestras autoridades actuales de cuerpo entero: no tiene peregrina idea de lo que significa el arte de la escultura urbana, y mucho menos que lo que están interviniendo son áreas patrimoniales de valor excepcional reconocidos de manera oficial por la comunidad internacional. Lo anunciaron con bombo y platillo, hicieron un evento tal cual piensan ellos qué debe de ser. Pensaron inaugurar algo que será reconocido y apreciado por los potosinos, y solo hicieron una estampita escolar gigante, un producto de arte popular fuera de orden y contexto. Un meme pétreo.
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