La Noche de Ánimas, símbolo de la memoria, la familia y el respeto a los que se fueron, se tiñó de muerte en Uruapan. El asesinato del alcalde Carlos Manzo no sólo arrebató la vida de un hombre valiente, sino que reveló —una vez más— el rostro siniestro de la violencia que corroe al país.
Carlos Manzo no era un político cualquiera. No temía decir lo que muchos callan. Desde su trinchera, denunció sin rodeos la impunidad que da cobijo a los criminales y la falta aún de una estrategia efectiva para enfrentarlos. Con carácter firme, desafió la “herencia maldita” del discurso cómodo de los “abrazos, no balazos”, sabiendo perfectamente que en Michoacán, ese lema se traduce en abrazar al miedo y balear a la esperanza.
Su valentía fue su condena, él lo sabía. En un país donde alzar la voz puede costar la vida, Manzo lo hizo sin titubeos. Defendió a su gente, denunció al crimen organizado y se negó a ceder ante las amenazas. Hoy, la delincuencia —maldita y cobarde— vuelve a ganar terreno. Aquellos que durante años recibieron indulgencia y discursos suaves, muestran que se sienten otra vez intocables.
Lo ocurrido durante la Noche de Ánimas es una tragedia con un poder simbólico brutal: el fuego de las velas, encendido para honrar a los muertos, se mezcló con el humo de las balas que apagaron la vida de un hombre que creía en la posibilidad del cambio.
Este crimen no puede quedar como una cifra más, ni como un hashtag que se desvanece entre condolencias digitales. Para el Gobierno Federal y para el gobierno de Michoacán, la muerte de Carlos Manzo debe ser un parteaguas. Un recordatorio doloroso de que sin justicia, no hay futuro, y que la política de la complacencia solo alimenta al monstruo que hoy devora a los pueblos del interior.
Porque mientras en México sigamos confundiendo la paz con la inacción, los criminales seguirán escribiendo la historia a balazos. México debe entender que trabajar con el gobierno estadounidense para erradicar la delincuencia no es un tema de fronteras, es un grito de desesperación de justicia para millones de mexicanos a quienes les han robado su patria, su paz y la vida.
Hoy 2 de noviembre, cada vela encendida esta noche, en memoria de nuestros muertos, es también una luz que exige respuestas… justicia… paz.
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