Eran las 7:19 de la mañana. En cuestión de minutos, edificios, hospitales y hoteles se desplomaron; las comunicaciones colapsaron y miles de ciudadanos salieron a las calles para hacer lo que podían: buscar sobrevivientes. A 41 años, México recuerda una de sus mayores tragedias.
La mañana del jueves 19 de septiembre de 1985 comenzó como cualquier otra en la Ciudad de México. Miles se dirigían al trabajo, otros preparaban a sus hijos para la escuela y la televisión transmitía sus primeros programas del día.
A las 7:17:49 horas comenzó, frente a las costas de Michoacán, la ruptura que originó un terremoto de magnitud 8.1 y 15 kilómetros de profundidad. Las ondas sísmicas recorrieron cientos de kilómetros hasta alcanzar la capital.
Y entonces cambió la historia. A las 7:19 de la mañana, la Ciudad de México comenzó a sacudirse violentamente.
En Televisa Chapultepec, el programa Hoy Mismo estaba al aire. La conductora Lourdes Guerrero intentó mantener la calma frente a las cámaras mientras el estudio se movía. Poco después, la transmisión se perdió.
En las calles el panorama era mucho peor. Edificios completos habían desaparecido entre enormes nubes de polvo. El inmueble Nuevo León, en Tlatelolco, sufrió uno de los derrumbes más recordados. El Hotel Regis quedó destruido. Hospitales, viviendas, oficinas y fábricas quedaron reducidos a montañas de concreto y acero.
Las comunicaciones telefónicas sufrieron graves afectaciones, al igual que los servicios de electricidad y agua.
Pero entre el desconcierto ocurrió algo que marcaría para siempre la memoria de aquella tragedia. La gente salió a ayudar.
Sin esperar instrucciones, vecinos, estudiantes, trabajadores y ciudadanos comenzaron a retirar escombros con las manos. Otros llegaron con palas, picos, cuerdas, alimentos, agua y medicamentos. Se organizaron cadenas humanas.
En silencio se pedía detener maquinaria cuando alguien creía escuchar una voz debajo del concreto.
La dimensión de la tragedia había superado la capacidad inmediata de respuesta institucional.
Horas después del terremoto, alrededor de las 10:30, el presidente Miguel de la Madrid y el entonces regente del Distrito Federal, Ramón Aguirre, recorrieron algunas de las zonas afectadas. La prioridad oficial pasó a ser la localización y rescate de sobrevivientes.
Pero la ciudadanía ya estaba en las calles. De aquella movilización surgiría una nueva forma de organización civil y grupos de rescatistas que posteriormente serían conocidos en México y el mundo.
Ni siquiera existe hasta hoy una cifra única e incontrovertible de personas fallecidas. Las estimaciones históricas difieren considerablemente.
Y cuando parecía que lo peor había terminado, la noche del 20 de septiembre otro terremoto, esta vez de magnitud 7.6, volvió a sacudir una ciudad que seguía buscando personas entre los escombros.
Han pasado 41 años.
México cambió sus sistemas de protección civil, desarrolló nuevas herramientas de monitoreo y alerta y modificó normas de construcción.