Una ciudad también debe pensarse desde las mujeres
Vivir una ciudad no significa lo mismo para todas las personas.
Por Magdalena Cisneros
Para una mujer puede significar calcular a qué hora regresar a casa, buscar una calle con mayor iluminación, esperar el transporte procurando no quedarse sola, organizar el trabajo alrededor del cuidado de los hijos o de una persona adulta mayor, resolver las necesidades del hogar y, al mismo tiempo, encontrar espacio para su propio desarrollo.
Por eso, cuando hablamos de mejorar San Luis Potosí, también tenemos que preguntarnos cómo están viviendo la ciudad las mujeres.
Y la respuesta va mucho más allá de hablar únicamente de seguridad.
Está la mujer que sale muy temprano a trabajar y depende del transporte público. La joven que regresa de estudiar cuando ya oscureció. La madre que además de cumplir con una jornada laboral debe resolver quién cuida a sus hijos. La mujer adulta mayor que necesita banquetas transitables y servicios cercanos. La comerciante, la profesionista, la trabajadora, la jefa de familia o quien busca una oportunidad para alcanzar independencia económica.
Cada una vive una ciudad distinta, pero todas deberían encontrar condiciones que les permitan desarrollarse con libertad y tranquilidad.
También están las necesidades más elementales.
Cuando falta el agua potable en una vivienda, por ejemplo, no estamos hablando solamente de una falla en un servicio. Estamos hablando de higiene, alimentación, salud y organización familiar. Y muchas veces son las mujeres quienes terminan resolviendo las consecuencias cotidianas de esas carencias.
Lo mismo ocurre con el alumbrado público. Tener calles bien iluminadas no puede ser un privilegio reservado al Centro Histórico, a las principales avenidas o a las colonias con mayores condiciones económicas. Una mujer que vive en la periferia tiene exactamente el mismo derecho a caminar por una calle iluminada y segura que quien vive en cualquier otra zona de la capital.
La calidad de los servicios y la seguridad no deberían cambiar de acuerdo con el código postal.
Pero existen también problemas menos visibles.
Hay mujeres que enfrentan acoso en sus trayectos cotidianos, otras que viven distintas formas de violencia dentro de sus propios entornos y algunas que encuentran obstáculos cuando deciden pedir ayuda. A ello se han sumado nuevas formas de agresión a través de las redes sociales y las plataformas digitales, donde el hostigamiento, las amenazas o la exposición de información personal pueden trasladar la violencia hasta el teléfono celular.
Por eso resulta insuficiente pensar las políticas para las mujeres únicamente cuando ocurre una emergencia.
También debemos hablar de prevención, autonomía económica, oportunidades, educación, salud, movilidad, servicios públicos, espacios de convivencia, acceso a la información y mecanismos de atención que sean realmente cercanos y accesibles.
Y debemos hablar de cuidados.
Miles de actividades indispensables para que una familia funcione ocurren todos los días dentro de los hogares y pocas veces forman parte de la conversación sobre cómo diseñamos una ciudad. Cuidar a niñas y niños, acompañar a una persona enferma o atender a un adulto mayor también condiciona horarios, posibilidades de empleo, movilidad y desarrollo personal.
Mirar la ciudad desde la perspectiva de las mujeres permite advertir todas esas realidades.
No significa dividir a la sociedad. Significa entender mejor lo que necesita una parte fundamental de ella y reconocer que cuando mejoramos las condiciones para las mujeres terminamos mejorando también las condiciones para las familias y las comunidades.
Desde el servicio público debemos ser capaces de escuchar esas distintas experiencias y convertirlas en información útil para tomar mejores decisiones.
El Gobierno del Estado, el municipio, las instituciones y la sociedad tenemos responsabilidades distintas, pero existe un punto en el que necesariamente debemos encontrarnos: la coordinación. Ninguna institución, por sí sola, puede atender toda la complejidad de los problemas que enfrentan las mujeres.
La función pública también consiste en mantener abiertos esos puentes: escuchar, acompañar, canalizar, gestionar y poner sobre la mesa situaciones que quizá desde una oficina no siempre resultan visibles.
Hay avances, pero siempre habrá algo más por hacer.
Y hacerlo exige mirar más allá de los grandes proyectos o de los espacios de mayor visibilidad de nuestra ciudad. Hay que voltear hacia las colonias, escuchar a quienes utilizan diariamente nuestros servicios públicos y entender cómo una decisión aparentemente pequeña puede transformar la vida cotidiana de una mujer y de su familia.
Las autoridades deben ser quienes escuchen a sus mujeres, que entiendan sus distintas realidades y que encuentre en la coordinación entre ciudadanía e instituciones una manera de avanzar.
Porque mejorar la vida de las mujeres no consiste solamente en protegerlas.
También significa darles condiciones para vivir, trabajar, cuidar, crecer, decidir y disfrutar plenamente la ciudad a la que pertenecen.