Colombia y su peligroso déjà vu: cuando la historia no se supera, se repite
POR: Benjamín Ustoa
Una bala disparada por un adolescente de 15 años contra el senador Miguel Uribe Turbay no solo sacudió la opinión pública. Despertó fantasmas. Los mismos que hemos intentado exorcizar desde los años ochenta: violencia política, polarización extrema, conflicto armado y desesperanza institucional.
Aunque muchos colombianos se nieguen a admitirlo, lo que vivimos hoy tiene el olor inconfundible del pasado. Un déjà vu cargado de sangre, silencio y fractura social.
El país que no aprendió a recordar
Los años más oscuros de Colombia se construyeron bajo la lógica del enemigo interno. Quien pensaba distinto era un obstáculo; quien denunciaba era una amenaza. La política no era debate: era supervivencia.
El atentado contra Uribe Turbay no puede verse como un hecho aislado, ni como una mera estadística criminal. Es el síntoma visible de una enfermedad de fondo: la normalización de la violencia como herramienta política, sumada a un deterioro emocional de la sociedad colombiana.
¿Nos parece exagerado? Pregunten a las víctimas del Catatumbo. O a los líderes sociales silenciados cada mes. O a los millones que ya no creen en las reglas del juego democrático.
Paz firmada, guerra activa
Mientras algunos sectores siguen celebrando el Acuerdo de Paz de 2016 como una gran victoria (y lo fue), la realidad de muchas regiones es otra: las disidencias, el ELN, los nuevos clanes y las viejas mañas siguen controlando territorios. La violencia rural se ha reconfigurado, pero no desapareció.
Las cifras lo dicen todo: decenas de desplazamientos masivos solo en 2025, asesinatos selectivos, reclutamiento forzado, desapariciones. El Estado, en muchos lugares, no está. Y cuando aparece, llega tarde.
Una democracia fatigada
Más allá de las balas, Colombia vive un desgaste institucional y moral. La polarización no es un concepto académico: es el pan de cada día. El Congreso es un campo de trincheras. El Ejecutivo navega entre la desconfianza y la confrontación. La justicia se usa como arma de guerra simbólica.
Y en medio de esa tormenta, la ciudadanía se cansa. Pierde la fe. Algunos incluso empiezan a coquetear con salidas autoritarias, con la ilusión de que un “fuerte” ponga orden. Pero ya conocemos ese camino: se llama retroceso.
¿Se puede romper el ciclo?
Sí, pero no con discursos vacíos ni gestos mediáticos. Hace falta una clase política que anteponga el país al poder. Un gobierno que gobierne más allá del Twitter. Una oposición que critique con argumentos y no con odio. Y una ciudadanía que no olvide.
Porque olvidar es repetir. Y Colombia, hoy, está peligrosamente cerca de volver a empezar donde juró no regresar.
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