Columna /Por Benjamin Ustoa
En política no todo es militancia, convicción o trabajo territorial. A veces basta con estar en el momento correcto, con el padrino adecuado y en el grupo dominante. El caso de Aranzazú Puente Bustindui es un ejemplo claro de cómo se puede transitar años dentro de un partido sin dejar huella… hasta que las circunstancias internas abren la puerta.
Aranzazú Puente ingresó al Partido Acción Nacional en el año 2000, en una época donde ser militante no necesariamente implicaba participación activa. No fue sino hasta 2003cuando logró la llamada militancia activa, que en aquellos años significaba pasar de simpatizante a afiliado con derechos. Coincidió, no por casualidad, con el boom de afiliaciones panistas, cuando Acción Nacional venció al PRI en las urnas y se convirtió en un partido atractivo: para unos por afinidad ideológica y para otros por la posibilidad de “hacer carrera” o conseguir chamba en el gobierno.
Sin embargo, entre 2000 y 2014, la participación política de Aranzazú Puente dentro del PAN fue, en términos reales, nula. No hay registro de liderazgo, estructura, trabajo territorial o incidencia interna. Su historia dentro del partido no comienza por méritos políticos, sino por coyunturas internas.
Es hasta 2014 cuando aparece en el mapa panista, impulsada por el entonces presidente del Comité Estatal, Marco Gama, no por una trayectoria propia, sino por una lógica de grupo: era esposa de uno de sus colaboradores cercanos y necesitaban consejeros estatales para arrebatarle el control al grupo político dominante conocido como “Círculo Azul”, encabezado por Héctor Mendizábal. La política de cuotas y venganzas internas, no la de principios, le abrió la puerta.
Marco Gama, fiel a la tradición panista de traiciones internas, rompió con el grupo que lo llevó a la dirigencia y se alió con Xavier Azuara, apadrinado a su vez por el exgobernador Marcelo de los Santos. Ahí Aranzazú Puente encontró su verdadero espacio: no como panista, sino como azuarrista.
Con Azuara llegó al Consejo Estatal del PAN y, en cuestión de meses, se consolidó como incondicional del grupo dominante. Así logró mantenerse, escalar y formar parte del Comité Estatal, ocupando cargos partidistas durante la dirigencia de Juan Francisco Aguilar Hernández, repitiendo como Consejera Estatal y siendo nombrada integrante de la Comisión Estatal Organizadora para la renovación del CDE en octubre de 2018.
Para 2021, Aranzazú Puente ya era una pieza leal del grupo azuarrista y obtuvo su mayor premio político: la candidatura a diputada local en un distrito que Acción Nacional nunca ha perdido. Ganó sin mayor esfuerzo, sin campaña relevante y sin trabajo territorial propio. La inercia panista hizo el resto.
En 2024, aunque Verónica Rodríguez Hernández rompió con su padrino político Xavier Azuara, las negociaciones internas permitieron que el grupo azuarrista conservara una posición clave: la reelección de Aranzazú Puente. Otra vez, campaña mínima, distrito panista y victoria asegurada.
Pero la política es dinámica y los grupos se desgastan. Con el rompimiento definitivo con la dirigencia estatal y con un grupo azuarrista ya disminuido, Aranzazú Puente se quedó sin futuro dentro del PAN. Para el 2027, imposible ser considerada, ni como candidata ni como cuadro relevante. Su capital político dependía de un grupo que ya no manda.
La salida era obvia: buscar otro partido. El Verde apareció como refugio y la recibió con fiesta, reflectores y discursos de amistad. Aranzazú Puente no llegó sola: arrastró familia, amigos y a varios azuarristas en desgracia, todos buscando sobrevivir políticamente.
Pero aquí está el verdadero reto. A diferencia del PAN, en el Partido Verde sí ocupan los votos del octavo distrito. No habrá ahora votos por inercia, heredados, ni victorias automáticas.
El líder verde quiere y le ha encargado trabajar políticamente en el distrito panista que representa, un territorio donde nunca construyó base, donde llegó por inercia y del que hoy es vista como traidora.
Ese distrito, cien por ciento panista, no perdona los cambios de color. Su única posibilidad está en las colonias recientemente integradas, que casualmente ya son verdes. El resto es terreno hostil.
Aranzazú Puente inicia ahora una etapa inédita: caminar sin padrinos, sin partido dominante y sin votos asegurados. Por primera vez, la política le exigirá lo que nunca tuvo que demostrar: liderazgo real y trabajo político propio. El tiempo dirá si puede hacerlo… o si su carrera fue siempre producto de la inercia.
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